Pues efectivamente, pasó lo que intentábamos evitar. El tren que nos llevaría de Nagoya a Kyoto había sido cancelado a causa del terremoto. En estos momentos toda la planificación se fue al traste; y entiende tú qué es lo que dicen por megafonía. En los paneles sólo aparecían “Cancelled” o “Delayed”. Con el primer chico de la estación que hablamos sólo entendimos “terremoto”, y fue con lenguaje corporal. Ya os imaginaréis lo divertido de la situación, al pobre hombre que no sabía decir ni “yes” convulsionando el cuerpo como si estuviera poseído para hacernos entender que la culpa era del seísmo. Pero como hay tantos trenes y con el Japan Rail Pass puedes subir en casi cualquiera, a los 10 minutos ya estaba resuelto y de camino a Kyoto.
Al salir de la estación seguimos las indicaciones del GPS que nos lleva a una calle con varios ryokanes, donde vemos uno con una entrada preciosa en la que había un jardín japonés con unas fuentes y unas carpas enormes blancas y naranjas. Pero que sortudos que somos, es el nuestro!! También hay que decir que después comprobaríamos que los baños eran pequeños si coincidías con otro huésped, pero hay tan pocas habitaciones que eso nunca pasó en los cuatro días.

Para aprovechar lo que queda del día damos un pequeño paseo por la ciudad. Lo más espectacular que vimos fue la torre de Kyoto, delante de la estación.

Al día siguiente tras desayunar unos sándwiches aderezados con wasabi, improvisamos un poco y decidimos ir a Himeji. Allí se encuentra el castillo de Himeji, considerado Patrimonio de la Humanidad. Sólo hay que seguir las indicaciones de la estación y en 15 minutos andando estamos allí. Es un lugar precioso, de los que sabes que has invertido correctamente el dinero de la entrada. Tras el paseo por los jardines y las dependencias anexas se puede visitar la Torre Principal y subir hasta el sexto piso, donde además nos regalan unas magníficas vistas de la ciudad. Comemos algo ligero y volvemos para Kyoto.


Esta tarde fue ‘light’: visitamos la estación que es realmente bonita y moderna. En el noveno piso hay una oficina de información turística para el extranjero con un servicio impresionante (la del segundo piso sólo es para turismo nacional). Tras cargarnos con los mapas pertinentes hacemos una incursión a las dos zonas más populares de la ciudad, el barrio de Gion (ese día sólo la parte antigua) y Pontocho, zona de restaurantes a la orilla del río. Es un callejón parecido al de Yococho Ramen de Sapporo, pero mucho más largo, de uno 400 metros, y con restaurantes de mayor categoría. Por enésima vez volvemos a tener suerte. Mientras paseamos por Gion, que es donde raramente pueden encontrarse Geishas i Maikos (aprendices de Geisa), nos parece ver algo de colores en movimiento a unos 200 metros. Emprendemos la carrera al puro estilo paparazzi y cuando llegamos vemos que unas chicas japonesas habían contratado una sesión fotográfica con una Geisha y, cómo no, nos unimos al evento. A título de curiosidad, nuestra guía en Kyoto, de la que hablaremos en la próxima entrada, llamó a una casa de Gheisas para preguntar cuánto nos costaría estar un rato con una Maiko. Nos consiguió un precio especial por ser jueves: tener una mesa privada para dos personas, sin comida, y disfrutar durante una hora de su conversación y bailes nos costaría 34.000 yenes (unos 270 €), aunque el precio habitual es de 50.000. Decidimos que los invertiríamos en algo diferente…


Al salir de la estación seguimos las indicaciones del GPS que nos lleva a una calle con varios ryokanes, donde vemos uno con una entrada preciosa en la que había un jardín japonés con unas fuentes y unas carpas enormes blancas y naranjas. Pero que sortudos que somos, es el nuestro!! También hay que decir que después comprobaríamos que los baños eran pequeños si coincidías con otro huésped, pero hay tan pocas habitaciones que eso nunca pasó en los cuatro días.

Para aprovechar lo que queda del día damos un pequeño paseo por la ciudad. Lo más espectacular que vimos fue la torre de Kyoto, delante de la estación.

Al día siguiente tras desayunar unos sándwiches aderezados con wasabi, improvisamos un poco y decidimos ir a Himeji. Allí se encuentra el castillo de Himeji, considerado Patrimonio de la Humanidad. Sólo hay que seguir las indicaciones de la estación y en 15 minutos andando estamos allí. Es un lugar precioso, de los que sabes que has invertido correctamente el dinero de la entrada. Tras el paseo por los jardines y las dependencias anexas se puede visitar la Torre Principal y subir hasta el sexto piso, donde además nos regalan unas magníficas vistas de la ciudad. Comemos algo ligero y volvemos para Kyoto.


Esta tarde fue ‘light’: visitamos la estación que es realmente bonita y moderna. En el noveno piso hay una oficina de información turística para el extranjero con un servicio impresionante (la del segundo piso sólo es para turismo nacional). Tras cargarnos con los mapas pertinentes hacemos una incursión a las dos zonas más populares de la ciudad, el barrio de Gion (ese día sólo la parte antigua) y Pontocho, zona de restaurantes a la orilla del río. Es un callejón parecido al de Yococho Ramen de Sapporo, pero mucho más largo, de uno 400 metros, y con restaurantes de mayor categoría. Por enésima vez volvemos a tener suerte. Mientras paseamos por Gion, que es donde raramente pueden encontrarse Geishas i Maikos (aprendices de Geisa), nos parece ver algo de colores en movimiento a unos 200 metros. Emprendemos la carrera al puro estilo paparazzi y cuando llegamos vemos que unas chicas japonesas habían contratado una sesión fotográfica con una Geisha y, cómo no, nos unimos al evento. A título de curiosidad, nuestra guía en Kyoto, de la que hablaremos en la próxima entrada, llamó a una casa de Gheisas para preguntar cuánto nos costaría estar un rato con una Maiko. Nos consiguió un precio especial por ser jueves: tener una mesa privada para dos personas, sin comida, y disfrutar durante una hora de su conversación y bailes nos costaría 34.000 yenes (unos 270 €), aunque el precio habitual es de 50.000. Decidimos que los invertiríamos en algo diferente…


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